miércoles, 5 de febrero de 2014



- La existencia histórica de Jesús es, cuanto menos, bastante cuestionable.
- La historia evangélica contiene infinidad de elementos tomados de otras religiones.
- Elementos litúrgicos como el bautismo o la transustanciación y la eucaristía ya formaban parte de ceremonias religiosas muchos siglos antes de Cristo.
- En un momento de su Historia, Roma precisa de la creación de una religión de Estado que dé cohesión al imperio. El cristianismo es elegido para este papel.
- Con la oficialización del cristianismo comienza una campaña de encubrimiento destinada a borrar de la Historia cualquier indicio que pudiera señalar que el cristianismo se basa en cultos anteriores…

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el cristianismo ha sido el movimiento religioso más influyente en la Historia de la humanidad. Precisamente por ello llama poderosamente la atención que sepamos tan poco sobre sus orígenes. Es más, en la actualidad disponemos de un volumen mayor de documentación fiables obre la vida de cualquier emperador romano o de muchos faraones egipcios que sobre los primeros cien años de la Iglesia. Por si esta precariedad informativa fuera poco, hay que unirle a ello el hecho de que muchos de los relatos generalmente aceptados como verdades históricas incuestionables son meras leyendas, cuando no falsedades intencionadamente propagadas y mantenidas por historiadores y escribas cristianos. Buen ejemplo de ello es la presunta muerte de miles de mártires cristianos durante el reinado de Nerón, hecho del que no existe constancia histórica: «La primera referencia explícita de la persecución de cristianos en tiempos de Nerón procede de una declaración de Melito, obispo de Sardes, alrededor del año 170. Resulta sorprendente que "una gran multitud de cristianos" viviera en Roma en fecha tan temprana como el año 64 (sólo treinta años después de la muerte de Jesús)».
De hecho, no existen pruebas documentales de la ejecución de un solo cristiano hasta el año 180. En cambio, donde sí hubo mártires, y muchos, fue en el campo de los paganos, obligados por la fuerza de las armas a abrazar la religión del imperio tras la súbita, aunque no del todo inesperada, conversión de Constantino.
Cuando se trata de buscar la figura histórica de Jesús la cosa, lejos de volverse más clara, se complica mucho más. Al margen de la doctrina oficial de la Iglesia, se puede decir que existen tantas biografías de Jesús como autores han tratado el tema: «El Jesús "real" ha sido sucesivamente un mago (Smith), un rabino galileo (Chilton), un marginado judío (Meyer), un bastardo (Schaberg), un escriba (Thiering), un disidente de Qumrán (Allegro y otros), un gnóstico judío (Koester), un disidente (Vermes), un hombre felizmente casado y padre de varios hijos (Spong), un bandido (Horsley) y un fanático opositor al culto del templo de Jerusalén (Sanders)». Es posible que todos estos eruditos tengan su parte de razón ya que lo que parecen demostrar las pruebas es que lo que hoy conocemos bajo el nombre genérico de «Jesús» es la unión de las biografías de varios personajes, míticos y reales, que se fue forjando en los primeros días de la Iglesia con la intención de cimentar la recién nacida religión. No quisiera dejar pasar la oportunidad de aclarar que no pensamos que la ausencia de rigor histórico le quite al Evangelio ni un ápice de valor alegórico, ni a la figura de Jesús su cualidad de abstracción de la razón y la piedad personificadas. ¿Dónde está pues la conspiración? Muy sencillo. En el hecho de que esta distorsión de la verdad ha sido en muchas ocasiones premeditada, conocida y ocultada.


FUENTES CANÓNICAS 

Más de uno se preguntará por qué estamos dudando de los principios del cristianismo teniendo, como tenemos, los Evangelios, infalible y exacto relato llegado hasta nosotros de la mano de los testigos de los acontecimientos más extraordinarios de la historia humana. Si dudamos es porque los Evangelios no son en realidad lo que podríamos llamar «textos históricos rigurosos»: «Con la única excepción de Papias, que habla de una narración de Marcos y una colección de dichos de Jesús, ni un solo autor hasta la segunda mitad del siglo II —esto es, a partir del año 150— hace mención alguna de los Evangelios o sus reputados autores». Lo cual quiere decir que sólo treinta años después de la muerte de Jesús había cristianos suficientes como para llenar el Coliseo de Roma, pero cien años más tarde nadie había oído aún hablar ni de Evangelios ni de evangelistas, lo que aun mirado con la mejor de las intenciones contiene un evidente elemento de contradicción.
Pero toda la confusión respecto a los Evangelios vendría a ser corregida por el concilio de Nicea (325 dC), que recurrió al «milagro» para elegir cuáles de las 270 versiones del Evangelio existentes por aquel entonces serían las verdaderas y aceptadas. Se decidió que las copias de los diferentes Evangelios fueran colocadas bajo una mesa del salón del Concilio. Luego, todos abandonaron la habitación, que quedó cerrada con llave. Se pidió a los obispos que rezaran durante toda la noche pidiendo que las versiones más correctas y fiables del Evangelio aparecieran sobre la mesa. Lo que no se registró en las
actas del Concilio es quién guardó la llave aquella noche. El caso es que a la mañana siguiente los Evangelios actualmente aceptados —Mateo, Marcos, Lucas y Juan- estaban cuidadosamente colocados sobre la mesa. Desde ese momento la posesión de uno de los Evangelios no autorizados se convirtió en delito capital, a consecuencia de lo cual decenas de miles de cristianos perdieron la vida en los tres años siguientes a la decisión tomada por el Concilio. Sobrenatural o no, el responsable del «milagro» del concilio de Nicea debió de haber ponderado mejor la elección de estos cuatro Evangelios, pues los escogidos incurren en abundantes contradicciones que hacen imposible que todos ellos sean textos totalmente infalibles. Todas estas circunstancias han llevado a algún autor a afirmar que la Iglesia cristiana está fundada sobre la falsificación de las presuntas palabras de un presunto Mesías.


Mateo, Marcos, Lucas y Juan


FUENTES HISTÓRICAS

El obispo Eusebio afirmaba en su Historia Eclesiástica lo siguiente: «Merced a su poder para obrar milagros, la divinidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se convirtió en cada país en motivo de discusión acalorada y atrajo a un gran número de gentes extranjeras de tierras muy lejanas de Judea». Deberíamos, pues, suponer que tal agitación dejó un rastro imborrable en los registros históricos, cuanto menos similar al de otros acontecimientos aparentemente de menor calado. Pues bien, sorprendentemente, y a pesar de lo que afirman los historiadores eclesiásticos, no existen esas referencias. Los escuetos fragmentos en los que Flavio Josefo se refería a Jesús no resisten un juicio objetivo y con toda seguridad fueron falsificados, probablemente por el ya citado Eusebio.
La referencia de Plinio el Joven a los cristianos fue una tergiversación posterior de una cita referida a la secta de los esenios. Otro pasaje muy citado, el del historiador Tácito, curiosamente no parece ser conocido por nadie hasta el siglo XV, casi mil quinientos años después de ser presuntamente escrito. En cuanto a la pretensión de atribuir a Cristo la historia judía de Jesús ben Pandira resulta un poco patética, máxime cuando se refiere a la lapidación de un vulgar charlatán de feria. Tras el establecimiento de los cuatro Evangelios oficiales comenzó una persecución sistemática no sólo de los llamados Evangelios apócrifos sino también de un gran número de textos paganos, cuyo contenido o bien se oponía a la recién nacida religión, o bien guardaba una sospechosa semejanza con sus dogmas, revelándose como posible fuente de inspiración de éstos. Las diversas herejías gnósticas que surgieron por toda Europa también fueron perseguidas con especial saña ya que, sin dejar de considerarse cristianos, afirmaban el carácter mítico y alegórico del relato evangélico y criticaban duramente a las autoridades eclesiásticas por desvirtuar premeditadamente su mensaje: «Una de las
primeras y más ilustradas sectas fueron los maniqueos, quienes negaban que Jesucristo hubiera existido alguna vez en sangre y carne, pero lo adoraban como figura divina aunque sólo de forma espiritual»


PRUEBAS MATERIALES

Igual de decepcionantes que las pruebas documentales resultan las materiales. La arqueología no ha podido aún aportar ninguna prueba concluyente respecto a la validez del relato bíblico. Monumentos, monedas, medallas, inscripciones, vasijas, estatuas, frescos y mosaicos permanecen mudos.
Entre las abundantes incógnitas históricas que aún permanecen sin resolver, una no precisamente baladí es la referente al aspecto físico de Jesús. La Enciclopedia Católica establece claramente que todo lo referente a su rostro son meras especulaciones puesto que no ha llegado a nuestros días ni un solo retrato o descripción fiable, algo que no puede menos que llamarnos la atención tratándose de un personaje que, según los Evangelios, fue «visto por multitudes».
Los lugares sagrados de la cristiandad tampoco nos aportan gran cosa puesto que la mayoría de ellos fueron considerados como tales a partir del siglo IV. En cuanto a las reliquias, la situación es aún peor: se puede afirmar que el noventa por ciento de ellas son falsificaciones ciertas, y que sobre el diez por ciento restante pende la sombra de una más que justificada sospecha. Baste mencionar a este respecto la anécdota según la cual si juntáramos todas las presuntas astillas de la cruz que se custodian en los
templos cristianos, la cantidad de madera resultante daría para construir un buque de cierto porte.
Si acontecimientos relativamente cercanos en el tiempo resultan hasta este punto dudosos, ¿qué no decir de otros considerablemente más alejados, como la narración del Antiguo Testamento? Recientes estudios historiográficos han puesto de manifiesto, por ejemplo, que hay mucho de mito en el presunto monoteísmo de los antiguos hebreos: «Muchos suponen —de hecho, lo he oído de labios de quienes mejor deberían conocer el tema— que los israelitas fueron siempre monoteístas, que adoraban a un solo dios, Jehová. Esto es erróneo; no eran muy diferentes de sus vecinos en materia de religión. En primer lugar, sabemos que reverenciaban y adoraban a un toro, llamado Apis, al igual que hacían los antiguos egipcios. Veneraban al Sol, la Luna, las estrellas y al resto de los habitantes del cielo. Adoraban al fuego, que mantenían ardiendo en el altar, igual que hacían los persas y otras naciones. Adoraban a las piedras, reverenciaban a un roble y se ‘postraban ante imágenes’. Rendían culto a una ‘Reina del cielo’, llamada diosa Astarté o Milita, y "quemaban incienso" en su honor. Adoraban a Baal, Moloch y Chemosh y les ofrecían sacrificios humanos después de los cuales, en algunas ocasiones, comían la carne de las víctimas»


Baal


DRAMATIS PERSONAE

Ya hemos apuntado que la historia de Jesús sería una recombinación de varios relatos míticos y religiosos, la mayoría orientales, aunque también se aprecian influencias clásicas y egipcias. Una de las más claras influencias es la del dios Atis. En tiempos del Imperio, Roma contaba, al menos, con dos santuarios dedicados al culto del dios frigio Atis. El primero estaba ubicado desde dos siglos antes de Cristo en el monte Palatino y constituía el centro de las celebraciones públicas dedicadas a esta figura
sagrada, importada de Anatolia en la época republicana. El segundo, levantado ya con los primeros emperadores, se alzaba en la colina Vaticana, en los mismos lugares donde habrían de instalarse la basílica de San Pedro y los palacios pontificios de la cristiandad. El mito de este dios dice que nació el 25 de Diciembre del vientre de la virgen Nana. Fue crucificado un Viernes de Marzo y resucitó al tercer día.
El caso de Atis no es ni mucho menos único. Si repasamos las historias de Buda, Krisna, Mitra, Zoroastro, Dioniso, Hércules, Prometeo, Horus y Serapis nos daremos cuenta de que básicamente se nos está contando la misma leyenda con pequeñas variaciones de una a otra y con asombrosas coincidencias con los Evangelios cristianos. Por otro lado, existe una curiosa e innegable relación entre los mitos astrológicos más antiguos y las
historias de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Esa relación tiene su traducción en la doble moral con que la Iglesia católica ha tratado desde antiguo a la astrología, condenándola oficialmente a pesar de que muchos clérigos fueron a escondidas practicantes de este arte: «La astrología ha sobrevivido en nuestra cultura gracias a que el cristianismo la abrazó con una mano, mientras que la condenaba como una práctica demoníaca con la otra». Padres de la Iglesia como Agustín, Jerónimo, Eusebio, Crisóstomo, Lactancio y Ambrosio anatemizaron la astrología, y el gran concilio de Toledo la declaró prohibida para siempre. Sin embargo, seis siglos más tarde los concilios y las fechas de las coronaciones de los papas eran determinados por el zodíaco; los aristocráticos prelados tenían empleados a sus propios astrólogos personales y los signos del zodíaco aparecían en la decoración de las iglesias, mobiliario, puertas, manuscritos o pilas bautismales.


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Atis

EL DIOS SOL

Este interés seguramente procede de una circunstancia que tiene una profunda relación con los orígenes del relato evangélico. Cuando decíamos que la personalidad de Jesús era en realidad un mosaico formado por las andanzas de diversos personajes anteriores procedentes de las más variadas culturas no mencionamos que, en realidad, todos esos personajes no son sino diversas advocaciones de la divinidad solar, la forma más antigua y universal de manifestación religiosa. A lo largo de las épocas y las culturas este mito solar mantiene, entre otros, una serie de elementos comunes que a buen seguro resultarán familiares a los cristianos:

- El Sol muere durante tres días en el solsticio de invierno para resucitar el 25 de Diciembre, cuando la constelación de Virgo (la virgen) asoma por el horizonte.
- El nacimiento del Sol todos los días es precedido por la aparición de una brillante «estrella», que en realidad es el planeta Venus, el Lucero del Alba.
- Con su luz y su calor obra el milagro de transformar el agua de la lluvia en el vino que sale de la uva.
- Su reflejo «camina» sobre las aguas.
- Es llamado por sus adeptos «luz del mundo».
- El Sol tiene doce «seguidores»: los signos del zodiaco.

Respecto a este último asunto, el de los apóstoles, se pueden hacer algunas matizaciones adicionales:
«Los doce discípulos son a menudo presentados como garantes de la historicidad de Jesús, aunque no sepamos nada de muchos de ellos con excepción de sus nombres, a cuyo respecto ni siquiera las fuentes documentales terminan de ponerse de acuerdo. En Marcos y Mateo, de hecho, las enumeraciones de nombres están introducidas en el texto con bastante torpeza. Todo ello nos indica que el número procede de una tradición más antigua que las personas; que la idea de ‘doce’ obedece no a los doce discípulos actuales, sino a otras fuentes (…).»
El número doce es un elemento fundamental en todas las leyendas basadas en mitos solares, incluso en aquéllas muy posteriores a la cristianización, como la del rey Arturo, que se sienta junto a sus doce caballeros alrededor de una mesa redonda que no es sino la alegoría de un zodiaco. A esta misma categoría pertenecerían los doce trabajos de Hércules, los doce ayudantes del dios egipcio Horus o los doce generales que según la tradición acompañaban al dios Ahura Mazda.



ELEMENTOS PRESTADOS

Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, muchas de cuyas historias, en especial las del Génesis, han sido importadas de otras tradiciones, como la hindú, con una literalidad tal que ni siquiera han variado los nombres. Curiosamente, lo que sí varió fue el papel estelar que tenía la mujer en estas historias, dado el carácter profundamente patriarcal de la cultura hebrea arcaica: «La mujer, nunca más fue respetada como sagaz asesora o sabia consejera, intérprete humana de la divina voluntad de la diosa, sino odiada, temida o, cuanto menos, segregada o ignorada (…). Las mujeres pasaron a ser representadas como criaturas carnales carentes de raciocinio, actitud que se justificaba y ‘probaba’ con el mito del paraíso (…). Argumentos cuidadosamente diseñados en aras de la supresión de antiguas estructuras sociales continúan presentes en el mito de Adán y Eva, como la divina prueba de que es el hombre quien en último extremo debe detentar la autoridad». Otros elementos menores de carácter iconográfico o litúrgico también fueron tomados de otras culturas y religiones, incluido el que actualmente es el símbolo indiscutible de la cristiandad, la propia cruz, que en un principio repelía a los mismos cristianos y que no fue adoptada oficialmente hasta entrado el siglo VII: «Los cristianos primitivos incluso repudiaban la cruz debido a su origen pagano (…) Ninguna de las imágenes más antiguas de Jesús lo representa en una cruz, sino como un "dios pastor" a la usanza de Osiris o Hermes, portando un cordero». Por otro lado, las imágenes de épocas precristianas que se pueden encontrar en diversos templos de la India representando a Krisna con los brazos en cruz resultan tan similares a los crucifijos cristianos que, sacados de su contexto, resultan indistinguibles para un profano. Tan hondamente enraizados dentro de la tradición cristiana como el Santo Grial, el Apocalipsis, la Santísima Trinidad o el mismísimo Lucifer tienen un origen precristiano fácilmente rastreable a través del estudio de la mitología de diversas culturas de la antigüedad, en especial de la egipcia. Otro tanto ocurre con elementos litúrgicos como el bautismo o la transustanciación y la
eucaristía, que ya formaban parte de ceremonias religiosas que se celebraban muchos siglos antes de Cristo.
De hecho, podemos decir que el Antiguo Testamento es un mero plagio de las hazañas de los dioses cananeos, tal como puso de manifiesto el descubrimiento en 1975 de 20000 tablitas de arcilla de más de 4500 años de antigüedad en las ruinas de Ebla, una gran urbe prehistórica que se alzaba en el noroeste de la actual Siria. El punto de máximo apogeo de esta ciudad fue 1000 años antes de la época atribuida a Salomón y David, siendo destruida por los acadios alrededor de 1600 aC. Las tablitas están escritas en cananeo antiguo, un lenguaje muy similar al hebreo bíblico, empleando la escritura cuneiforme sumeria, y en ellas aparecen uno tras otro todos y cada uno de los personajes principales del Antiguo Testamento.
Así, las aventuras de Abraham, Esaú, Ismael, David y Saúl son narradas con leves variaciones respecto de su versión bíblica siglos antes de su presunto nacimiento. Para los antiguos cananeos estos personajes no eran «patriarcas», como lo serían para los hebreos, sino que estaban investidos de cualidades divinas o semidivinas e integraban el panteón particular de este pueblo. Las tablitas también contienen versiones virtualmente idénticas a las actuales de los mitos de la creación y el diluvio universal. Asimismo, a través de la etimología podemos obtener una pista sobre el origen de los mitos cristianos: «Todos estos nombres de Jesús, Jeosuah, Josías, Josué, etc., proceden de las palabras sánscritas Zeus y Jezeus, la primera de las cuales significa "el ser supremo" y la otra, "la esencia divina".
Es más, estos nombres no sólo eran comunes entre los judíos, sino que podían ser encontrados por todo Oriente». De hecho, los seguidores de Krisna aclaman a su dios durante sus liturgias gritándole «Jeye» o «Ieue», que pertenecen a la misma raíz sánscrita que «Jesús» y «Yahvé». Tan extendida estaba en la remota antigüedad esta denominación de «el Salvador» a través de las letras «IE», que se encuentra incluso en el santuario de Delfos aplicada al dios Apolo. Algo similar ocurre con el título de «Cristo», cuyo origen lingüístico lo podemos encontrar de nuevo en «Krisna». Ambas palabras fueron unidas en una sola en el primer concilio de Nicea, en 325, antes de lo cual era completamente desconocida la denominación «Jesucristo».
Aún más antiguo es el nombre de Satán, que procede ni más ni menos que del antiguo Egipto, concretamente de Set, el gemelo de Horus y su principal enemigo, que en ocasiones recibía también el nombre de Sata.
Ni siquiera el Apocalipsis, el libro de la Revelación tan caro para agoreros en general y buscadores de anticristos en particular, resiste una revisión rigurosa. La fascinación que desde hace siglos ejerce este texto debido a su presunto carácter profético ha llevado a que haya sido estudiado e interpretado por legiones de exégetas que le han atribuido los más variados significados. En realidad, esta visión del Juicio Final no es obra de un único autor sino que está construida a partir de imágenes y frases de diversa procedencia. No hay que olvidar que este tipo de literatura era bastante común durante los primeros siglos del cristianismo, e incluso antes, haciendo de los «apocalipsis» un género relativamente popular.
El texto atribuido a San Juan es muy similar a la «Revelación de Corinto» y posiblemente ambos textos procedan de la misma fuente. Incluso Eusebio, uno de los padres de la Iglesia, rechaza este título por falso, ininteligible y engañoso, ya que, por mucho que se llame «la Revelación», lejos de revelar nada se trata de un texto que lo vuelve todo más confuso y, yendo aún más allá, sostiene que el autor no sólo no es Juan sino que
probablemente no sea santo ni cristiano. Dionisio mantiene una opinión similar, así como otro buen número de autores que convirtieron el debate sobre la autenticidad del Apocalipsis en uno de los temas recurrentes de las discusiones doctrinales de los primeros tiempos de la Iglesia.


Seth ¿Satán?


DIFERENCIAS DE ACTITUD
En la actualidad tenemos una imagen represiva respecto de la actitud del cristianismo hacia la manifestación de la sexualidad humana. Sin embargo, no siempre fue así. En los primeros tiempos del cristianismo se mantenía una postura considerablemente más abierta hacia el sexo, algo mucho más acorde con los orígenes paganos de las creencias cristianas.
En aquellos tiempos era relativamente común entre los cristianos la celebración de ágapes o «fiestas del amor», rito adaptado de las celebraciones sexuales paganas. Algunos de los menos tolerantes entre los padres de la Iglesia escribieron documentos censurando estas prácticas; aunque no sería hasta el siglo VI cuando se declararon heréticas y, como tales, prohibidas. Ello no fue óbice para que el sexo continuara, durante algún tiempo más, formando parte de la liturgia de determinadas sectas gnósticas, una circunstancia que fue profusamente utilizada por el sector ortodoxo de la Iglesia para desacreditar a estos grupos.
Así pues, una vez establecido que el cristianismo es una reconstrucción de mitos y tradiciones religiosas de los más variados orígenes, queda en el aire la cuestión de cómo fue creado el mito y por quién. Si para localizar el germen ideológico hemos tenido que buscar entre diversas culturas y tradiciones, para encontrar el origen material del cristianismo tenemos que mirar hacia donde la tradición lo ubica, esto es, a la Palestina del siglo I. En aquella época el judaísmo distaba mucho de ser una religión homogénea y estaba dividido en una compleja trama de sectas y subsectas escindidas las unas de
las otras que aún hoy continúan dando dolores de cabeza a los estudiosos de estos temas.
Entre estos grupos, esenios, celotas y saduceos contribuyeron de diversas maneras a la formación de lo que más tarde sería el cristianismo.


EL CRISOL DE LA CRISTIANDAD
Todos los elementos y tendencias que hemos repasado en las páginas anteriores se combinaron y fueron tomando forma en la ciudad de Alejandría de la mano de una secta mistérica denominada «los Terapeutas», un grupo de visionarios egipcios en cierta forma muy similar a los esenios, a los que autores como Eusebio no dudan en calificar de cristianos a pesar de surgir y desarrollarse mucho antes de la época de Cristo. Fueron ellos quienes compilaron el Logia Iesou («Palabras del Salvador»), una
antología de fuentes sirias, hindúes, persas, egipcias, judías y griegas, en las que se encuentra buena parte de lo que más tarde serían los Evangelios. Por otro lado, la ocupación de Israel provocó una verdadera fiebre mesiánica a consecuencia de la cual aparecieron decenas de presuntos «elegidos» dispuestos a convertirse en el salvador profetizado. Las posteriores revueltas que llevaron a la virtual destrucción del reino de Israel hicieron que extrañas historias comenzaran a circular por todo Oriente, mezclando mito y realidad y dando lugar a una corriente espiritual que no tardó en adquirir forma e identidad propias, en especial a partir de su llegada a Roma.
Por encima del advenimiento y la muerte de un eventual Cristo «real», el hecho más destacado de toda la historia de la cristiandad fue la conversión del emperador Constantino y la posterior celebración del primer concilio de Nicea en 325. En la repentina conversión del antaño impenitente Constantino tuvo mucho que ver la posibilidad de obtener un rápido y público perdón sobre algunos pecaditos —como el
asesinato de algunos parientes—, una oportunidad que el mitraísmo, la religión más popular en la Roma de la época, no aportaba al no considerar la alternativa de redimir los pecados por medio del arrepentimiento.
El concilio de Nicea fue una verdadera cumbre que reunió a los líderes cristianos de Alejandría, Antioquía, Atenas, Jerusalén y Roma junto a los máximos representantes del resto de las sectas y religiones más representativas en el ámbito del Imperio romano, como los cultos de Apolo, Deméter/Ceres, Dionisio/Baco, Jano, Júpiter/Zeus, Oannes/Dagón, Osiris e Isis y el Sol Invicto, objeto particular de la devoción del emperador. El fin específico de esta reunión era crear una religión de Estado para Roma basada en el cristianismo, que a los efectos tenía todas las características necesarias
para asegurar una rápida expansión por el Imperio, así como un satisfactorio control de la población a través de su férreo código moral.


EL ASESINATO DE LA HISTORIA

En el proceso de creación de su religión de Estado los conspiradores cristianos no se contentaron con patrocinar y cimentar la mayor falsificación histórica de todos los tiempos, sino que además, se metieron de lleno en una desmedida campaña de censura a gran escala destinada a silenciar a millones de disidentes a través del asesinato, la quema de libros, la destrucción de obras de arte, la desacralización de templos y la eliminación de documentos, inscripciones o cualquier otro posible indicio que pudiera llevar a la verdad, un proceso que condujo a Occidente a unos niveles de ignorancia desconocidos desde el nacimiento de la civilización grecorromana.
Las autoridades eclesiásticas no pararon hasta obtener el derecho legal de destruir cualquier obra escrita que se opusiera a sus enseñanzas. Entre los siglos III y VI bibliotecas enteras fueron arrasadas hasta los cimientos, escuelas dispersadas y confiscados los libros de ciudadanos particulares a lo largo y ancho del Imperio romano so pretexto de proteger a la Iglesia contra el paganismo. Uno de los mayores crímenes de toda la historia humana fue la destrucción de la biblioteca de Alejandría en 391. Una leyenda tendenciosa fue enseñada durante siglos en los colegios, especialmente en los religiosos, según la cual los árabes habrían destruido la célebre biblioteca cuando conquistaron la ciudad en el siglo VII. Se tratade un cuento infamante y sin sentido histórico destinado a enmascarar la verdad. Los árabes nunca pudieron incendiar la biblioteca de Alejandría, sencillamente porque cuando las tropas de Amru llegaron a la ciudad en 641 ya hacía cientos de años que no existía ni rastro de esta institución ni de los edificios que la albergaban. Lo único que encontraron los árabes fue una ciudad dividida, arruinada y exhausta por siglos de luchas intestinas. El máximo exponente de la belleza y cultura clásicas no fue destruido por los guerreros árabes que tomaron lo que quedaba de la ciudad sino por los cristianos monofisitas un cuarto de siglo antes. Tras el mandato del emperador Teodosio I ordenando la clausura de todos los templos
paganos, los cristianos destruyeron e incendiaron el Serapeum alejandrino. Las llamas arrasaron así la última biblioteca de la Antigüedad. Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, el instigador de aquella hecatombe fue el patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), caracterizado por su fanático fervor en la demolición de templos paganos. Los cristianos enardecidos rodearon el templo de Serapis. Fue el propio Teófilo, tras leer el decreto de Teodosio, quien dio el primer hachazo a la estatua de Serapis, cuya cabeza fue arrastrada por las calles de la ciudad y luego enterrada. La ruina de la ciudad fue tan atroz que uno de los padres de la Iglesia griega, san Juan
Crisóstomo (347-407), escribió: «La desolación y la destrucción son tales que ya no se podría decir dónde se encontraba el Soma». Se refería a la tumba de Alejandro, el mausoleo del fundador de la urbe y el monumento más emblemático de la ciudad. Con este acto de barbarie Teófilo creía cumplido para siempre su propósito de enterrar las verdades ocultas sobre su religión y su presunto fundador, que seguramente no le eran desconocidas merced a sus contactos con los sacerdotes paganos. Aquella villanía nos ha afectado a todos pues se calcula que la pérdida de información científica, histórica,
geográfica, filosófica y literaria que provocó trajo consigo un retraso de casi mil años en el desarrollo de la civilización humana. Para mayor escarnio, en el lugar en que se erigía aquel templo del saber fue edificada una iglesia en honor a los presuntos mártires de las persecuciones del emperador Nerón. En el año 415 comenzó una persecución contra los paganos de Alejandría, dándoseles la opción de convertirse a la nueva fe o morir. Esto era especialmente doloroso para filósofos y académicos, ya que suponía rechazar todo el conocimiento que tanto trabajo les había costado alcanzar. Hipatia, la filósofa y
matemática más importante de la ciudad, se negó y se mantuvo firme en sus convicciones por lo que fue acusada de conspirar contra Cirilo, líder cristiano de Alejandría. Unos días después, un enardecido grupo de fanáticos religiosos interceptó el transporte en el que se dirigía a trabajar, la arrancaron de éste y con filos de conchas marinas le fueron arrancando la piel hasta que murió a consecuencia del dolor y la
pérdida de sangre. Cirilo, instigador de este sádico asesinato, fue canonizado. El asesinato de Hipatia se considera el momento histórico en que se produce definitivamente la muerte del mundo clásico.
En el siglo V la destrucción era tan completa que el arzobispo Crisóstomo pudo declarar con satisfacción: «Cada rastro de la vieja filosofía y literatura del mundo antiguo ha sido extirpado de la faz de la Tierra». En un momento del proceso se estableció la pena de muerte para quien escribiera cualquier libro que contradijera las doctrinas de la Iglesia. Papa tras Papa se continuó con este proceso sistemático de asesinato de la Historia. Gregorio, obispo de Constantinopla y el último de los doctores de la Iglesia, fue un activo incinerador de libros. Donde el brazo de la cristiandad no pudo llegar para destruir el trabajo de los antiguos autores se ocupó de corromper y mutilar sus obras: «Tras quemar libros y clausurar las escuelas paganas, la Iglesia se embarcó en otra clase de encubrimiento: la falsificación por omisión. La totalidad de la historia europea fue corregida por una Iglesia que pretendía convertirse en la única y exclusiva depositaría de los archivos históricos y literarios. Con todos los documentos importantes custodiados en los monasterios y un pueblo llano degenerado al más absoluto analfabetismo, la historia cristiana pudo ser falsificada con total impunidad». La construcción de iglesias sobre las ruinas de los templos y lugares sagrados de los paganos no sólo era una práctica común sino obligada para borrar por completo el recuerdo de cualquier culto anterior. A veces, sin embargo, un hado de justicia poética hacía que estos esfuerzos terminaran por tener el efecto contrario al pretendido. Tal es el caso de lo ocurrido con muchos monumentos egipcios. Dada la imposibilidad material de demoler las grandes obras de la época faraónica, o de borrar los jeroglíficos grabados en la piedra, se optó por tapar los textos egipcios con argamasa, lo cual, lejos de destruirlos, sirvió para conservarlos a la perfección hasta nuestros días, lo que ha posibilitado que podamos tener un conocimiento del antiguo Egipto más detallado que el de los primeros siglos de nuestra era y, lo que es más importante a efectos de lo que aquí estamos tratando, aquellos jeroglíficos preservaron la verdad, ya que contenían la esencia y el ritual del mito celeste, que tiene enormes similitudes con la historia evangélica.


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Biblioteca de Alejandría


CONCLUSIÓN

Si bien pudiera parecer lo contrario, lo expuesto en este capítulo no forma parte de un saber esotérico u oculto; se trata de hechos conocidos, si bien no difundidos. Si se interroga convenientemente a cualquier académico experto en el tema no tendrá más remedio que reconocer que la fundación del cristianismo está cimentada en siglos de fraude e intriga. Admitirá que no existe ni una sola mención a Jesucristo por parte de los historiadores contemporáneos suyos, y que los textos bíblicos, aparte de no haber sido escritos por sus pretendidos autores, están repletos de errores, contradicciones, imposibilidades y falacias. Si ahondamos un poco más, nos dirán que esos mismos textos han sido mutilados y adulterados por sucesivas intervenciones de la propia Iglesia durante siglos.
¿Cuál es entonces la razón de que estos hechos de trascendental importancia cultural no sean de dominio público y enseñados en escuelas e institutos? George Orwell supo ver en su genial 1984 que quien tiene la capacidad de alterar la historia domina de facto la visión del mundo que tiene la población.
El cristianismo se diseñó como religión de Estado y, como tal, ha funcionado magníficamente durante los últimos 1700 años. El incalculable poder de la Iglesia de Roma alcanza aún hoy a todos los estamentos sociales de Occidente. En el mundo protestante las cosas no pintan mucho mejor a juzgar por el éxito que han tenido los integristas en Estados Unidos al conseguir sacar la teoría de la evolución de los planes de enseñanza de más de un Estado. Éstos son los hechos. Sólo cabe reproducir a modo de conclusión una de las muchas frases maravillosas que contiene ese compendio de la espiritualidad antigua que son los Evangelios:

«Los pongo en guardia contra los falsos profetas que vendrán a ustedes vestidos de oveja, mientras por dentro serán como lobos rapaces. Por sus obras los conocerán».



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